Como parte de las acciones impulsadas durante agosto para fortalecer una cultura institucional basada en el respeto, el buen trato y la prevención de la violencia en los espacios laborales, CFT CENCO realizó el taller “No es broma, es acoso”, instancia dirigida a colaboradoras y colaboradores de la institución.

La actividad buscó avanzar desde el conocimiento de la normativa hacia una reflexión más amplia sobre las relaciones humanas, las prácticas cotidianas y la responsabilidad que cada integrante de la comunidad tiene en la construcción de ambientes laborales seguros, respetuosos y libres de violencia, acoso y discriminación.

El encuentro contó con la participación del rector de CFT CENCO, Luis Horacio Rojas, y fue desarrollado por Mario González, psicólogo, psicoanalista y coach con experiencia en procesos individuales y de equipos, regulación emocional, comunicación y desarrollo de habilidades socioemocionales.

Una cultura institucional que se construye diariamente

En la apertura, el rector Luis Horacio Rojas relevó el compromiso institucional con la generación de espacios laborales seguros y destacó que la prevención trasciende el cumplimiento normativo, involucrando también la forma en que las personas se relacionan diariamente.

“Este compromiso no se construye solamente a partir de políticas, protocolos o del cumplimiento de la normativa, sino también desde nuestras conductas cotidianas”.

Durante su intervención, además, destacó la importancia de revisar prácticas que durante años pudieron entenderse como habituales en los espacios laborales —comentarios sobre la apariencia, apodos, bromas descalificadoras o expresiones asociadas a estereotipos—, pero que hoy requieren ser observadas desde estándares de convivencia más respetuosos.

Este proceso se vincula con el trabajo institucional que CFT CENCO ha desarrollado en materias de igualdad de género, conciliación y bienestar, incluyendo su compromiso con la certificación y recertificación bajo la Norma Chilena 3262, aspecto que también ha formado parte de los avances reconocidos en su desarrollo institucional.

“La prevención es una tarea que nos involucra a todos y a todas. Cada persona, desde su rol, contribuye a construir un ambiente laboral respetuoso y seguro”, señaló el rector.

De la reacción a una cultura preventiva

Uno de los principales énfasis del taller fue comprender la Ley Karin, Ley N°21.643, no únicamente desde los procedimientos que deben activarse frente a una denuncia, sino especialmente desde su dimensión preventiva.

Mario González explicó que contar con normas, protocolos y canales institucionales es fundamental, pero que la transformación cultural requiere también desarrollar capacidades para reconocer tempranamente determinadas conductas y actuar antes de que estas se consoliden como dinámicas de violencia o vulneración.

“Los documentos por sí solos no transforman una cultura. Una cultura cambia cuando sus integrantes pueden reconocer lo que está ocurriendo y cuentan con herramientas para actuar”.

A partir de ejemplos concretos, se abordaron conceptos relacionados con el acoso laboral, acoso sexual, violencia ejercida por terceros, consentimiento, abuso de poder y microviolencias, enfatizando que no todo conflicto laboral constituye acoso y que tampoco toda retroalimentación negativa representa una vulneración.

La diferencia, explicó el relator, está en aspectos como la naturaleza de la conducta, su contexto, las relaciones de poder y sus efectos. En este sentido, una corrección laboral puede realizarse de manera respetuosa y centrada en una tarea determinada, sin transformarse en una descalificación hacia la identidad o dignidad de una persona.

Cuando una broma deja de ser compartida

Otro de los puntos centrales fue analizar aquellas conductas que pueden esconderse detrás de frases como “era solo una broma”, “aquí siempre nos hemos tratado así”, “no es para tanto” o “es demasiado sensible”.

A través del diálogo con las y los participantes, surgieron elementos como la incomodidad, la humillación, la discriminación, la reiteración, los estereotipos y el desequilibrio de poder como señales que requieren atención.

“Una broma deja de ser una experiencia compartida cuando solamente una de las personas se está divirtiendo y la otra queda expuesta, avergonzada o dañada”, explicó Mario González.

El taller permitió asimismo profundizar en las denominadas microviolencias, entendidas como conductas que pueden parecer menores o estar socialmente normalizadas, pero que transmiten desvalorización, exclusión o desigualdad. Entre los ejemplos abordados estuvieron interrumpir constantemente a una misma persona, ignorar sus aportes, utilizar apodos que generan incomodidad o realizar comentarios reiterados sobre edad, cuerpo, origen o maternidad.

Su reiteración, se explicó, puede producir un efecto acumulativo sobre la seguridad, confianza y bienestar de las personas.

El rol de quienes observan también puede cambiar una situación

La jornada incorporó además una dinámica grupal denominada “Cambia la escena”, en la que las y los participantes analizaron una situación ficticia de descalificación durante una reunión de trabajo.

A partir del caso, los equipos reflexionaron sobre qué conductas generaban alerta, en qué momento era posible intervenir y qué acciones concretas podían contribuir a modificar la situación.

Entre las respuestas aparecieron alternativas como permitir que la persona termine de expresar su idea, validar su aporte, no sumarse mediante risas a una descalificación, intervenir de manera respetuosa, conversar posteriormente con las personas involucradas y orientar hacia los canales institucionales cuando corresponda.

El ejercicio permitió relevar que entre “denunciar” y “no hacer nada” existe un amplio espacio de intervenciones cotidianas que puede contribuir a detener la normalización de una conducta inadecuada.

“Las escenas no se sostienen únicamente por quien ejerce la conducta. También pueden sostenerse por el silencio, la risa, la indiferencia o la idea de que no nos corresponde intervenir”, sostuvo González.

Desde esta perspectiva, ser testigo de una situación también implica una responsabilidad. Acompañar, escuchar sin culpabilizar, evitar exponer innecesariamente a una persona y orientarla hacia los procedimientos establecidos pueden transformarse en acciones fundamentales de prevención y cuidado.

Responsabilidad compartida y buen trato

Hacia el cierre, las y los participantes fueron invitados a identificar prácticas que deben dejar de normalizarse en los espacios laborales. Entre las respuestas surgieron la ironía, el lenguaje pasivo-agresivo, las interrupciones constantes, la invalidación, el aislamiento, la denominada “ley del hielo”, minimizar los sentimientos de otras personas y confundir compromiso laboral con sobrecarga.

La reflexión permitió reafirmar que el cambio cultural no ocurre únicamente mediante grandes decisiones institucionales, sino también en la forma de saludar, distribuir la palabra, entregar retroalimentación, ejercer una jefatura, recibir un límite o reaccionar frente a una conducta que incomoda o vulnera.

El taller concluyó reforzando los mecanismos institucionales de orientación y denuncia disponibles en CFT CENCO, así como la importancia de utilizar los canales oficiales y resguardar la confidencialidad y dignidad de las personas durante estos procesos.

“Una cultura de respeto no exige perfección, exige responsabilidad. Podemos equivocarnos, pero tenemos la posibilidad de escuchar, reconocer, reparar y modificar nuestra conducta”, enfatizó el relator.

Con iniciativas como “No es broma, es acoso”, CFT CENCO continúa fortaleciendo una mirada preventiva y corresponsable de la convivencia laboral, promoviendo espacios donde el respeto, la dignidad, la equidad y el cuidado de las personas sean principios que se traduzcan permanentemente en las relaciones y prácticas cotidianas de toda la comunidad institucional.

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